Escrito por: Natalia Andrea García
Las palabras que utilizamos no son neutrales. Las terminologías que empleamos están directamente relacionadas con aquello que reconocemos, apropiamos e incluso defendemos. Cada término está cargado de emociones, posturas e ideas sobre el mundo. Por eso, cuando hablamos de otras personas, especialmente de aquellas que históricamente han sido excluidas, el lenguaje adquiere una importancia fundamental.
En ese sentido, al momento de reconocer y comprender al otro, es esencial utilizar términos que evoquen inclusión y respeto. La manera en que nombramos la realidad influye directamente en la forma en que la comprendemos y la abordamos. Por ello, repensar cómo entendemos la discapacidad representa un desafío clave para avanzar hacia la garantía de derechos y el desarrollo pleno de todas las personas.
Frente a este reto surge el concepto de diversidad funcional, un término acuñado por el activista español Javier Romañach, que propone un cambio de paradigma en la manera de comprender las diferencias humanas. La diversidad funcional parte de la idea de que todas las personas tenemos distintas capacidades y formas de funcionar. En lugar de enfocarse en las deficiencias o limitaciones, pone el énfasis en la variedad de habilidades que forman parte de la experiencia humana.
Desde esta perspectiva, la diversidad funcional no se entiende como una desviación del desarrollo humano, sino como una expresión natural de la diversidad humana. Sin embargo, a lo largo de la historia las sociedades han interpretado estas diferencias de maneras muy distintas, lo que se refleja también en la evolución de los términos utilizados para nombrarlas.
Diversos análisis históricos, como el presentado en el artículo La diversidad funcional y las adaptaciones curriculares, muestran cómo estas concepciones han cambiado con el tiempo. Durante la Edad Media, por ejemplo, las diferencias funcionales eran interpretadas como castigos divinos. En consecuencia, las personas eran vistas como algo que debía ocultarse, evitarse o aislarse, lo que generó prácticas profundamente excluyentes.
Posteriormente, con el desarrollo de las ciencias médicas, estas diferencias comenzaron a ser abordadas desde un enfoque clínico. Así surgió una perspectiva médico-rehabilitadora que entendía la discapacidad principalmente como una deficiencia física o mental que debía ser corregida o tratada. En este contexto también nació la educación especial, orientada a apoyar los procesos de rehabilitación de niños y personas con discapacidad.
En las últimas décadas, sin embargo, ha emergido un enfoque basado en los derechos humanos, que reconoce a las personas con diversidad funcional como sujetos de derechos y no como objetos de asistencia. En este marco surgieron movimientos como el de vida independiente, impulsados por el principio de “Nothing about us without us” (“Nada sobre nosotros sin nosotros”). Este movimiento marcó un cambio significativo en la forma de percibir a las personas con diversidad funcional, promoviendo su autonomía, participación y protagonismo en las decisiones que afectan sus vidas.
Desde Neuruniverso, creemos que abrirnos a conceptos como el de diversidad funcional es fundamental para transformar las prácticas de atención psicosocial. Adoptar estos enfoques permite reconocer las diversidades humanas en lugar de centrarse en las deficiencias, evitando así caer en paradigmas asistencialistas.
En última instancia, se trata de comprender al otro como un igual dentro de la diversidad humana, y no como una desviación o como un caso que debe ser abordado únicamente desde una mirada clínica. Cambiar el lenguaje es también comenzar a cambiar la manera en que pensamos, actuamos y construimos sociedades más inclusivas.

